¿Formamos profesionales para un empleo o para una vida profesional?
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Cuando entramos a la universidad, creíamos que el éxito consistía en llegar a un lugar. Veintisiete años después, nuestras trayectorias sugieren algo distinto: el éxito quizá tenga menos que ver con permanecer en el mismo camino y más con llevar nuestras capacidades y nuestro propósito a escenarios que nunca imaginamos.
Hoy, 27 años después de graduarnos, el grupo de WhatsApp de la Promoción 99 amaneció lleno de mensajes de felicitación.

Mientras leía esos mensajes, me encontré pensando en una pregunta que probablemente ninguno de nosotros se hizo al comenzar la universidad: ¿Cómo se vería realmente el éxito profesional 27 años después?
Hace 27 años, quienes integramos la Promoción 99 de Fonoaudiología de la Universidad Nacional de Colombia compartíamos una certeza: habíamos elegido una profesión. Lo que no sabíamos era que, con el tiempo, cada uno construiría una manera distinta de ejercerla.
Al comenzar nuestros estudios, probablemente muchos imaginábamos un recorrido similar. Nos veíamos desempeñando funciones directamente relacionadas con aquello que aprendíamos en las aulas, creciendo en un campo específico y consolidando una identidad profesional estrechamente ligada al ejercicio tradicional de la disciplina.
Sin embargo, al encontrarnos casi tres décadas después, emerge una pregunta interesante: ¿El éxito profesional consiste en permanecer exactamente donde imaginábamos estar o en encontrar nuevas maneras de poner nuestra formación al servicio de los demás?
La respuesta parece desafiar varias de las creencias con las que llegamos a la universidad.
La educación superior ha estado marcada durante años por una idea relativamente simple: cada profesión prepara para un conjunto determinado de funciones y el éxito consiste en ejercerlas de manera estable y continua. Bajo esa lógica, las trayectorias lineales representan el ideal y los cambios de rumbo suelen interpretarse como desviaciones, reinvenciones tardías o incluso abandonos.
Pero basta observar una cohorte de profesionales después de 27 años para descubrir una realidad mucho más compleja.
Entre mis compañeros de promoción encontramos trayectorias diversas. Algunos continúan en la práctica clínica. Otros se han dedicado a la docencia, la investigación o la gestión. Algunos lideran equipos, dirigen organizaciones o participan en procesos de transformación institucional. En mi caso, hoy me desempeño como consultora en educación, acompañando procesos de innovación, diseño curricular y fortalecimiento institucional.
Desde una mirada superficial, podría parecer que muchos hemos tomado distancia de la profesión para la que nos formamos. Sin embargo, una observación más cuidadosa sugiere exactamente lo contrario.
Porque aquello que definía nuestra formación nunca fue únicamente un conjunto de conocimientos técnicos. También era una forma de observar a las personas, comprender las dinámicas de comunicación, escuchar con atención, identificar barreras para el desarrollo y construir oportunidades de participación.
Esas capacidades siguen presentes, incluso cuando el lugar de trabajo ha cambiado.
Esta constatación revela algo que las universidades apenas están comenzando a reconocer de manera sistemática: una parte importante del valor de la formación profesional reside en las competencias transferibles que acompañan a las personas durante toda su trayectoria laboral.
La literatura sobre desarrollo profesional ha señalado que las carreras contemporáneas son cada vez menos lineales y más dinámicas. Herminia Ibarra, quien fue profesora de London Business School, INSEAD y en la Harvard Business School, ha documentado cómo las transiciones profesionales exitosas suelen apoyarse en capacidades que las personas trasladan de un contexto a otro, más que en la repetición de funciones idénticas a lo largo de la vida. Del mismo modo, el Foro Económico Mundial ha insistido en la creciente relevancia de competencias como la comunicación, el pensamiento crítico, la adaptabilidad, la colaboración y el aprendizaje continuo para enfrentar entornos laborales en permanente transformación.
Curiosamente, son estas capacidades las que durante años fueron etiquetadas como "competencias blandas", una expresión que parece minimizar su importancia. La experiencia demuestra exactamente lo contrario.
Cuando observamos lo que ha permitido a muchos profesionales reinventarse, liderar nuevos proyectos o generar impacto en escenarios diferentes, encontramos precisamente esas competencias: escuchar, analizar, dialogar, construir confianza, comprender contextos complejos y aprender constantemente.
Quizá por eso la pregunta más relevante no sea cuántos graduados continúan desempeñando el mismo trabajo para el cual fueron formados.
La pregunta es cuáles son las capacidades que les han permitido seguir siendo valiosos, pertinentes y comprometidos con un propósito décadas después de haberse graduado.
En el caso de nuestra promoción, la respuesta parece evidente. Muchos cambiamos de cargo, de organización, de sector o incluso de ámbito de actuación. Pero seguimos conectados por una misma esencia: la convicción de que la comunicación humana transforma vidas y de que el desarrollo ocurre cuando las personas encuentran oportunidades para participar, expresarse y construir significado.
Tal vez la vocación no se refleja tanto en el lugar donde trabajamos como en la mirada que llevamos con nosotros a cada nuevo desafío.
Mirar una cohorte profesional 27 años después ofrece una perspectiva que rara vez aparece en los indicadores tradicionales de calidad educativa.
Nos recuerda que la historia profesional de una persona no suele escribirse en línea recta. También nos muestra que las profesiones más sólidas no son necesariamente aquellas que encierran a sus graduados en un campo específico, sino aquellas que les proporcionan herramientas para adaptarse, aprender y contribuir en contextos diversos sin perder su identidad.
Quizás el verdadero éxito profesional no consiste en hacer durante décadas exactamente aquello que imaginábamos a los veinte años. Quizás consiste en descubrir nuevas formas de expresar el mismo propósito a lo largo del tiempo.
Porque los cargos cambian. Los contextos evolucionan. Las organizaciones se transforman. Pero una vocación auténtica suele encontrar la manera de seguir hablando, incluso cuando cambia de oficina.
Una pregunta para las instituciones educativas
Si las trayectorias profesionales son cada vez más diversas y menos lineales, ¿Están nuestras universidades formando especialistas para un primer empleo o profesionales capaces de transferir sus aprendizajes, adaptarse a nuevos contextos y construir impacto durante toda una vida laboral?
Responder esta pregunta exige mirar más allá de los contenidos disciplinares y revisar cómo diseñamos experiencias formativas que desarrollen competencias transferibles, resultados de aprendizaje relevantes y capacidades para enfrentar escenarios cambiantes. En el fondo, se trata de una pregunta curricular: ¿Qué aprendizajes permanecen cuando los cargos cambian y los contextos se transforman?
Desde Estudio Elefante creemos que esta es una conversación que merece ser abordada de manera colectiva. Comprender el impacto de una formación implica acompañar a las instituciones a mirar más allá de la empleabilidad inmediata y preguntarse qué capacidades, propósitos y formas de actuar siguen presentes décadas después de la graduación. Quizá allí se encuentre una de las medidas más valiosas del aporte de la educación superior.
Referencias
Ibarra, H. (2003). Working Identity: Unconventional Strategies for Reinventing Your Career. Harvard Business School Press.
World Economic Forum. (2025). Future of Jobs Report.

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