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Evaluación del Aprendizaje ¿Es el momento de ponerse serio?

Actualizado: 25 jun 2023

Consultor Senior de Estudio Elefante


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Hablar de evaluación implica reconocer que esta es una acción constitutiva de la práctica profesional docente y en consecuencia hace parte fundamental de la enseñanza y del currículo.

Sin embargo, en muchas de las planeaciones didácticas que elaboramos los profesores, el apartado de evaluación es el que menos información presenta y en ocasiones se limita a relacionar las fechas en las que se realizarán las evaluaciones sumativas (exámenes) y su peso porcentual en la calificación final del curso.


Si la planeación permite “convertir una idea o proyecto en una propuesta práctica para el trabajo con los estudiantes” (Zabalza, 2013). Entonces el proceso de planificación didáctica debe describir las acciones que se desarrollarán y la manera como éstas se organizan para el logro de los Resultados de Aprendizaje. Es durante el proceso de planeación que como profesores tomamos las primeras decisiones frente a qué “ideas y actividades permiten desarrollar el proceso educativo con sentido, significado y continuidad” (Ascencio, 2016).


¿Qué decisiones sobre la evaluación tomamos los profesores durante el proceso de planeación? El hecho de que la evaluación sea el apartado menos desarrollado en la planeación denota las concepciones que se tienen sobre esta. Mientras que por un lado se planean de manera detallada acciones de enseñanza, por el otro, las prácticas de evaluación permanecen estáticas arraigadas en las huellas y creencias que tenemos los profesores sobre evaluar y centradas en la acción del estudiante (lo que hace y en especial lo que deja de hacer).



En este punto podemos resaltar dos posiciones desde las cuales los profesores centramos nuestras concepciones de evaluación:


En la primera esperamos que los estudiantes sean capaces de reproducir secuencias de información organizada (datos, problemas tipo, secuencias algorítmicas) centrando nuestra enseñanza en un Sujeto de Aprendizaje, por otra parte, en la segunda posición, nuestras concepciones se centran en un Sujeto de Conocimiento, en donde el estudiante usa la información para resolver problemas, abordar casos, ofrecer ejemplos, asociar conceptos, aquí la enseñanza favorece la búsqueda de alternativas y aproximaciones diversas a los fenómenos del mundo.


Estas concepciones nos llevan a asumir el acto de evaluar como 1) el momento de corroborar si alguien sabe o no sabe lo que le enseñé o 2) la capacidad que se tiene para poner en juego lo que ha aprendido, momento en el cual la información se usa, no se retiene.

Evaluar adquiere otra connotación que determina nuestra acción de enseñar y se adhiere a ella como parte de un mismo proceso estableciendo una coherencia y correspondencia entre enseñar y evaluar.
  1. En palabras de Caraballo (2011) “…la evaluación es un proceso por el cual se obtiene información sobre el aprendizaje, pero también sobre la enseñanza, ya que no solo muestra como el estudiante construye su conocimiento y sus procesos de aprendizaje, sino que, además, ofrece pistas a los profesores sobre las propias prácticas de enseñanza y evaluación.”

  2. Idea que reafirman Anijovich & González (2016) al hablar de la evaluación como oportunidad, en donde evaluar se refiere al “...proceso en el que se recaba información con el fin de revisar y modificar la enseñanza y el aprendizaje en función de las necesidades de los alumnos y las expectativas de logro para alcanzar.”

Es hora entonces de “ponernos serios” con la planeación de la evaluación y con la apropiación de esta como una acción constitutiva de la calidad de la práctica profesional docente, no es que ahora nos estemos tomando la evaluación como algo banal, lo que debemos entender con ponernos serios es que la evaluación hace parte del proceso de planeación y se articula directamente a las decisiones que determinarán las formas de enseñar y las oportunidades para aprender.

En este sentido, la evaluación además de permitir que los estudiantes pongan en juego sus saberes, visibilicen sus logros y aprendan a reconocer sus debilidades y fortalezas como estudiantes, debe permitirnos también saber dónde estamos, en relación con los Resultados de Aprendizaje declarados para el espacio formativo, planear el futuro e impactar en la mejora de los aprendizajes. Nos referimos entonces a una evaluación que tiene como prioridad, tanto en su planeación como en su práctica, promover el aprendizaje de los estudiantes. La evaluación es empleada para aprender.


“Una actividad de evaluación puede contribuir al aprendizaje si proporciona información que los profesores y los alumnos puedan usar como [realimentación] para evaluarse a sí mismos y a otros, y para modificar las actividades de enseñanza y aprendizaje en las que participan. Dicha evaluación se convierte en ’evaluación formativa’ cuando la evidencia es utilizada efectivamente para adaptar la enseñanza de modo que responda mejor a las necesidades de aprendizaje de los alumnos” (Moreno, 2016).

La evaluación es empleada para aprender


Con esto no estamos diciendo que debemos dejar a un lado la función clásica que tiene la evaluación de aprobar, promover, certificar -Evaluación del Aprendizaje- o que quitemos las calificaciones. Lo que debemos potenciar es que las calificaciones sean fruto de un proceso de aprendizaje para el estudiante, en donde le dé sentido desde lo que sabe o está en capacidad de hacer y no desde la calificación en sí misma. La evaluación es concebida entonces como un proceso participativo donde el estudiante reconoce lo que debe hacer para lograr el Resultado de Aprendizaje, mejorando sus aprendizajes y ayudándolo a aprender más -Evaluación para el Aprendizaje- porque tiene conciencia sobre la evaluación, es protagonista de ella y permanece confiado en que a través de la evaluación puede continuar aprendiendo de forma productiva.


Evaluar para el Aprendizaje implica que como profesores usemos el proceso de evaluación en el aula y la información que se deriva de él no sólo para verificar el nivel de logro del Resultado de Aprendizaje por parte del estudiante. Moreno (2016) refiere cómo los profesores evaluamos para el aprendizaje con el fin de:

  • Comprender y articular en beneficio de la enseñanza el logro de los Resultados de Aprendizaje que los estudiantes están alcanzando.

  • Informar a los estudiantes de esos Resultados de Aprendizaje, de modo que los comprendan desde que inicia el proceso de enseñanza y aprendizaje.

  • Favorecer el conocimiento de la evaluación y, por tanto, ser capaces de transformar sus expectativas en ejercicios de evaluación y procedimientos de puntuación que reflejen con precisión el aprendizaje del estudiante.

  • Usar las evaluaciones de aula para construir la confianza de los estudiantes en sí mismos como aprendices y ayudarlos a asumir la responsabilidad de su propio aprendizaje, así como a establecer una base para el aprendizaje a lo largo de la vida.

  • Traducir los resultados de la evaluación en realimentación descriptiva (versus realimentación de juicio) para los estudiantes, ofreciéndoles orientaciones específicas acerca de cómo mejorar.

  • Ajustar continuamente la enseñanza basada en los resultados de las evaluaciones.

  • Conducir a los estudiantes hacia la autoevaluación regular, de modo que ellos puedan ver su progreso a través del tiempo y así sentirse responsables de su propio éxito.

  • Involucrar activamente a los estudiantes en la comunicación con su profesor y sus familias acerca de su rendimiento y su mejora.


Ponernos serios en la evaluación implica entonces

Declarar la coherencia existente entre enseñar y aprender a partir de la acción de planificar la evaluación, en donde es necesario establecer:

  • Qué Resultados de Aprendizaje tiene que lograr el estudiante y cómo se relacionan con nuestras acciones de enseñanza (entendiendo que la evaluación está inmersa en la acción de enseñanza).

  • En qué momento recogeremos la información sobre el nivel de logro del estudiante frente al Resultado de Aprendizaje declarado.

  • Los medios, técnicas e instrumentos más adecuados para determinar el nivel de logro de los Resultados de Aprendizaje.

  • Los modos en que ofreceremos realimentación a los estudiantes que contribuyan a mejorar sus aprendizajes.

Ponerse serio con la evaluación significa que esta es formativa para los estudiantes y también para los profesores.

“…Sólo un buen maestro puede llevar a cabo la evaluación más importante de cada alumno. Una evaluación que incluya todos los aspectos del currículo y los niveles cognitivos más complejos, que tenga en cuenta las circunstancias de cada [persona], y se haga con la frecuencia necesaria para ofrecer realimentación oportuna para que el alumno pueda mejorar. Este tipo de evaluaciones son las que deben hacerse en cada aula regularmente, con acercamientos más finos que los que pueden emplearse a gran escala. Muchos maestros no tienen la preparación necesaria para hacer bien dicha evaluación, pero ninguna prueba a gran escala podrá ocupar su lugar. Por ello, habrá que ofrecer a los docentes los apoyos necesarios para que cumplan adecuadamente con su función evaluativa, viendo a las pruebas como uno de esos apoyos” (Martínez, 2009).


Nuestra invitación final

Es a vivir la evaluación como un medio para aprender y enseñar de tal manera que permita potenciar y cualificar la práctica profesional docente, alentando la conformación de “Comunidades de Aprendizaje Profesional” a través de las cuales, y en términos de Fullan (2010), sea posible promover una cultura en la que: 1) se asegura que los alumnos aprendan; 2) promueven una colaboración entre grupos de maestros; y 3) se enfocan en resultados conectados con la mejora de la práctica instruccional.

 

Referencias:


Anijovich, R. y González, C. (2016) Evaluar para aprender. conceptos e instrumentos. Buenos Aires. Grupo Editor Aique.


Ascencio, C. (2016) Adecuación de la Planeación Didáctica como Herramienta Docente en un Modelo Universitario Orientado al Aprendizaje. REICE. Revista Iberoamericana sobre Calidad, Eficacia y Cambio en Educación, vol. 14, núm. 3, julio, 2016, pp. 109-130. Red Iberoamericana de Investigación Sobre Cambio y Eficacia Escolar. Madrid, España.


Caraballo, M. (2011). La evaluación como proceso auto-reflexivo de la enseñanza-aprendizaje. En Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Sumario XIX Jornadas de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación 2011. Año XII. Vol. 16. Universidad de Palermo, Buenos Aires, Argentina.


Fullan, M. (2010). Investigación sobre el cambio educativo: presente y futuro, Revista Mexicana de Investigación Educativa, COMIE, Vol. XV, núm. 47: 1100-1106.


Martínez, F. (2009). Evaluación formativa en aula y evaluación a gran escala: hacia un sistema más equilibrado”, Revista Electrónica de Investigación Educativa, Vol. 11, No. 2.


Moreno, T. (2016). Evaluación del aprendizaje y para el aprendizaje: reinventar la evaluación en el aula México: UAM, Unidad Cuajimalpa.


Zabalza, M. (2013). Competencias docentes del profesorado universitario: calidad y desarrollo profesional. Madrid. Narcea de Ediciones; Ediciones de la U.

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