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Aprender haciendo frente a un cambio de paradigma

En 2023, la aparición de ChatGPT irrumpió con fuerza en todos los contextos, y la educación superior no fue la excepción. En la Universidad Escuela de Ingenieros de Antioquia (EIA), el fenómeno despertó reacciones diversas dentro del cuerpo docente. Algunos profesores miraban la Inteligencia Artificial con escepticismo, convencidos de que se trataba de una moda pasajera. Otros creían que ya sabían cómo utilizarla, y unos cuantos la descartaban como simple vaporware del que dejaría de hablarse en pocos meses. En medio de esa diversidad de posturas, la institución tomó una decisión clave: no ignorar el ruido, sino comprender a fondo el cambio que se avecinaba. 

La EIA identificó la necesidad de formar a sus profesores no desde el discurso, sino desde la experiencia. El objetivo era claro: comprender las bases de la Inteligencia Artificial generativa y su impacto real en la labor docente, más allá del entusiasmo o el miedo. Para ello, junto a Estudio Elefante, se diseñó un bootcamp intensivo dirigido a un grupo de 20 profesores, concebido deliberadamente como una experiencia incómoda en el mejor sentido de la palabra.

 

Los bootcamps tienen una virtud particular: no permiten la pasividad. Quien participa no puede limitarse a escuchar, tomar notas y seguir adelante. Debe experimentar, probar, equivocarse, reformular y volver a intentar. Desde el inicio, los profesores de la EIA se vieron obligados a salir de su zona de confort y a interactuar directamente con la IA generativa, explorando sus posibilidades y también sus límites. 

A lo largo del proceso, comenzaron a emerger comprensiones clave. La primera fue aceptar que la IA no era un accesorio más, sino una tecnología destinada a transformar profundamente la manera en que habían venido ejerciendo su rol docente. La segunda fue aprender que el valor de la IA no reside en “preguntarle cualquier cosa”, sino en saber cómo interactuar con ella, entendiendo los principios fundantes —entonces aún incipientes— de la ingeniería de prompts. Formular buenas preguntas se convirtió en una habilidad central. 

El proceso también puso sobre la mesa los riesgos. Los profesores aprendieron a identificar las alucinaciones de la IA generativa, entendiendo que no todo lo que produce es necesariamente correcto o confiable. Este reconocimiento abrió una conversación crucial sobre la responsabilidad ética en el uso de la tecnología: no solo para obtener resultados de calidad, sino para orientar a los estudiantes en un uso crítico, consciente y responsable. 

El punto de quiebre llegó cuando la percepción colectiva comenzó a cambiar. Al cierre del bootcamp, la gran mayoría de los participantes había comprendido que estaba frente a un cambio de paradigma, no ante una moda pasajera. Ese giro quedó plasmado en una escena que aún resuena: una profesora compartió emocionada cómo, gracias a la IA, había “resucitado” a sus filósofos de cabecera y ahora podía pedirles que la acompañaran a clase para trabajar con sus estudiantes. La tecnología dejaba de ser una amenaza para convertirse en una aliada pedagógica. 

El resultado del proyecto fue un grupo de profesores más consciente, crítico y preparado para un nuevo escenario educativo. Pero, sobre todo, fue la confirmación de que aprender haciendo sigue siendo una de las estrategias más poderosas para enfrentar la incertidumbre. 

 

Cuando las instituciones se atreven a explorar lo desconocido desde la experiencia, no solo adoptan nuevas herramientas: transforman su manera de enseñar, de pensar y de liderar el cambio. Porque frente a los grandes quiebres tecnológicos, la pregunta ya no es si van a ocurrir, sino cómo decidimos atravesarlos.

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