
Enseñar en medio de la incertidumbre
El año 2020 irrumpió en la educación superior como un punto de quiebre. De un momento a otro, las aulas se vaciaron, los campus cerraron sus puertas y miles de profesores tuvieron que enfrentarse a una pregunta para la que nadie tenía una respuesta clara: ¿Cómo seguir enseñando cuando todo lo conocido desaparece?
En ese contexto, la Fundación Universitaria Compensar se encontró ante un desafío urgente y profundamente humano. Sus docentes —de planta y de cátedra— estaban confinados, emocionalmente tensionados y enfrentándose por primera vez a un entorno virtual que les resultaba completamente ajeno. No se trataba solo de aprender a usar plataformas o herramientas digitales, sino de replantear la experiencia educativa en un escenario marcado por la incertidumbre, el miedo y la sobrecarga emocional.
UCompensar entendió rápidamente que no bastaba con trasladar la presencialidad a una pantalla. Necesitaba un aliado que pudiera diseñar, desarrollar e implementar un proceso de formación virtual pensado desde la pedagogía, pero también desde la empatía y la realidad del momento histórico. Así comenzó el trabajo conjunto con Estudio Elefante.
El proceso se extendió durante varios meses y tuvo como eje central el acompañamiento cercano a los docentes. Más de 500 profesores participaron en una experiencia formativa completamente virtual, construida con una metodología que, para ese momento, resultaba novedosa: flexible, iterativa y orientada al aprendizaje en la acción. La formación no se planteó como un curso cerrado y rígido, sino como un laboratorio vivo en el que se diseñaban productos mínimos viables, se probaban rápidamente, se recogía retroalimentación y se ajustaban para la siguiente iteración.
El contexto imponía restricciones claras: limitaciones tecnológicas, cansancio, ansiedad y una curva de aprendizaje abrupta. Pero esas mismas restricciones se convirtieron en un catalizador para la creatividad. La recursividad en el uso de los recursos disponibles, la agilidad para tomar decisiones y la capacidad de adaptarse sobre la marcha se volvieron competencias centrales del proceso. Los docentes no solo aprendían sobre virtualidad; vivían en primera persona una experiencia de aprendizaje coherente con lo que luego debían ofrecer a sus estudiantes.
Uno de los mayores logros del proyecto fue transformar la percepción de la educación virtual. Lo que inicialmente se vivía como una imposición externa empezó a verse como una oportunidad para repensar la enseñanza, explorar nuevas estrategias didácticas y fortalecer la autonomía pedagógica. La metodología utilizada se convirtió, en sí misma, en una fuente de inspiración: mostraba que era posible enseñar de otra manera, incluso —y quizás especialmente— en medio de la crisis.
Más allá de la cifra de docentes formados, el impacto se reflejó en la confianza que los profesores fueron ganando para enfrentar sus clases, en la calidad de las experiencias de aprendizaje que empezaron a diseñar y en la sensación compartida de no estar solos frente al reto. La formación se convirtió en un espacio de contención, aprendizaje y construcción colectiva en un momento en el que eso era más necesario que nunca.
Este caso deja un aprendizaje contundente: en contextos de alta incertidumbre, la agilidad, la empatía y el diseño pedagógico consciente pueden marcar la diferencia. No se trata de tener todas las respuestas, sino de construirlas junto a quienes están en el centro del proceso educativo.
La experiencia de la Fundación Universitaria Compensar demuestra que incluso en los escenarios más adversos es posible aprender, enseñar y transformar cuando se entiende la formación como un proceso vivo y profundamente humano.

